"El chaqueño andinista..."
Ascenso al Vn Cóndor de 6.373 m
Escrito por Marcelo Scanu en Enero de 2003.
Humanos y animales pugnan por sobrevivir a los brutales cambios térmicos y a la implacable acción del sol. Si a estas condiciones les sumamos la falta de agua, nos daremos cuenta de por qué existen todavía volcanes inescalados, desiertos sin recorrer, planicies sin relevar... Por ello aún hoy la Puna constituye un desafío para cualquier explorador inquieto.
Traspuesta ésta, uno se encuentra aislado en la zona menos recorrida del altiplano. Conos volcánicos enteros y desgajados cubren el desierto hasta donde la vista llega. Campos basálticos, tan negros como filosos, son una constante amenaza, al igual que las de polvo volcánico. Existen lagunas multicolores, donde se destacan el verde y el azul profundo, pero sus aguas son peligrosas: poseen cianuro y arsénico, producto de la desintegración de las rocas volcánicas. Uno puede desplazarse por kilómetros sin encontrar vegetación, y donde existe, se trata de unas raquíticas matas o unos ínfimos pastizales.
Allí y aquí nos toparemos con esporádicas evidencias del paso del hombre: una herradura, una flecha, o una cruz solitaria escondiendo los detalles de alguna muerte fatídica. Así es la puna: bella pero brutal; tan atrapante como trágica.
Del borde se proyectan coladas de lava, las más antiguas de color rojizo y por encima, las basálticas de color negro. Las tormentas lo azotan invariablemente y renuevan el manto níveo. Y aunque lo había contemplado desde otras cimas más alejadas, esta visión hizo que naciera en mí la obsesión por ascenderlo. Sin embargo, sólo llegar a sus pies era muy complicado. Y así lo comprobamos en carne propia. Luego de estudiar el acercamiento y la logística que implicaba marchar hacia El Cóndor, comenzamos las gestiones para conseguir un vehículo. Nuestro pedido tuvo eco: Ford Argentina nos cedió una camioneta F-100 XLT Turbo. Como chofer se desempeñó Marcos.
La Puna Argentina aún encierra múltiples misterios.
Hasta hace pocos años era una mancha blanca en los mapas, y sólo relevamientos cartográficos bastante recientes han echado algo de luz sobre este paraje remoto y salvaje.
Allí se encuentran los volcanes más altos del planeta, enmarcados en el que quizás sea el desierto de altura más despiadado de todo el orbe.
Al norte del Ojos del Salado y del Paso de San Francisco, nace la Puna. El límite lo marca la Cordillera de San Buenaventura.
Alguna vez nos cruzaremos con una manada de vicuñas, mientras que en los espejos de agua, grupos de flamencos rosados batirán sus alas para levantar vuelo y teñir el cielo de rosa ante la menor amenaza.
Mundo de volcanes.
Justamente el sur de la Puna cuenta con numerosos volcanes; de ellos, sin dudas el más bello es el Peinado, que con su incomparable figura cónica domina la región y se constituye en el punto de referencia para no extraviarse. Nosotros lo ascendimos en enero de 1996 y desde su cumbre observamos el lejano El Cóndor, de 6.373 metros, una gigantesca masa volcánica aparentemente constituida por varios conos unidos entre sí, con algunos exiguos manchones de nieve.
Un amigo suyo, Sandro, fue nuestro ayudante, y juntos partimos hacia Catamarca.
Después de pasar por Fiambalá, tomamos el camino al paso de San Francisco, que comunica nuestro país con Chile. Hacia el Norte, ante nuestra vista se presentaron unos inmensos médanos ,para algunos, los más grandes del planeta, donde paradójicamente se ubica el poblado de Medanitos. Rodeamos un cerro y como una explosión de verde apareció el paraje de Guanchín, poblado desde hace siglos por aborígenes, quienes enterraban allí a sus difuntos. Algunas momias, descubiertas recientemente, se encuentran en el Museo de Fiambalá.
Bosquecillos de chañares y algarrobos se ubican a la vera del camino, pero pronto dan lugar a la rala vegetación de cordillera; el Río Chaschuil será nuestro compañero por un gran trecho.
El espléndido escenario de Las Angosturas dilata nuestras pupilas: estratos multicolores se apilan en posiciones inverosímiles y son atravesados por el omnipresente curso de agua. Viendo este panorama se puede deducir por qué a principios de siglo el geólogo alemán Walter Penck quedó cautivado con la región que venía a estudiar.
Con los primeros cerros nevados, aparece Chaschuil. Paramos en Agua de los Cangrejillos, un manantial de aguas puras y cristalinas que ostenta ese nombre pues abundan crustáceos de agua dulce. Nos desviamos del camino principal solamente unos kilómetros hasta el precario refugio de La Coipa. A la medianoche arribamos al puesto de Gendarmería de Las Grutas, donde, a pesar de la hora, fuimos muy bien recibidos. Aquí me recupere ya que un resfrío me aquejaba.
Al día siguiente comenzamos con la aclimatación, pues ya estábamos a 4000 metros.
Fuimos hasta las termas y nos reconfortamos con el agua tibia, mientras observábamos los volcanes Incahuasi y San Francisco (también ascendido por este cronista en primera ascensión por la ruta S), de 6638 y 6016 metros, respectivamente.
Este paraje, conocido como Vegas de San Francisco, posee una variada avifauna, además de camélidos y hasta burros salvajes, que en época de escasez, a falta de carne más aceptable, van a parar al no siempre abundante asador de los lugareños. El 7 de enero llegó una ambulancia de la Municipalidad de Tinogasta.
Además de traernos los barriles de agua y otros implementos, venía en ella Ruth Reynoso, una andinista de Fiambalá que sería la cuarta integrante de la expedición.
Cerca del mediodía, con un intenso sol, nos subimos a la camioneta y partimos. Las Vegas de San Francisco se empequeñecían más y más, mientras el volcán San Francisco parecía al alcance de la mano. La planicie yerma cercana al límite no posee vegetación. Allí nos apartamos del camino principal para comenzar un lento zigzagueo hasta el Portezuelo de los Morteritos, a casi 4900metros.
Ya en la Puna, seguimos la huella minera y a pocos kilómetros nos desviamos nuevamente en busca de un camino más corto.
Un cráter se elevaba poco por sobre nosotros y restos de animales tapizaban el suelo de un intenso amarillo. Entre nosotros y el pie de El Cóndor había un gran desnivel, el cual debíamos salvar mediante una abrupta pendiente. Deliberamos, pues no sólo ésta parecía inestable, sino también peligrosa por las grandes peñas.
Aceleradas y frenadas, gritos y nubes de polvo nos dejaron finalmente en terreno plano y firme. Seguimos el borde de la colada, hacia la depresión ocupada por la laguna Amarga, que en realidad son dos lagunas separadas por una estrecha franja de tierra. La más pequeña es de color azul intenso; la mayor, en cambio, posee un color verde subido.
Parecen dos piedras preciosas en el corazón del desierto. Pero son peligrosas: también sus aguas están saturadas con arsénico y cianuro. De todos modos, algunos flamencos rosados hacían caso omiso del fuerte olor y buscaban su alimento en el fondo.
Proseguimos viaje hacia nuestra meta. Ya entrada la tarde, seguimos unas huellas apenas marcadas en la arena. Buscábamos zonas más afirmadas, pero caíamos en la trampa de la ceniza volcánica y debíamos zafar con bruscas maniobras.
Nuestro volcán ocupaba cada vez más horizonte. Las huellas de los que nos precedieron dejaron de verse cuando comenzamos la subida de la ríspida colada basáltica. Poco a poco fuimos avanzando y paramos a 5000 metros, en una planicie rocosa más parecida a la Luna que a nuestro planeta. Nos quedamos dos días aclimatándonos. Exploramos el lugar y sólo encontramos algunas plantas e insectos, pero nos visitó un extraño pájaro que se quedaba suspendido en el aire, observándonos.
El clima se presentaba bueno, había algunas nubes de zonda y a la noche observamos lejanas tormentas con luminosos relámpagos. Cada tanto sintonizábamos radios de diferentes provincias y países, nuestro único nexo con la civilización.
Al subir una peña cercana nos dimos cuenta de que el mapa no era tan exacto como pensábamos, ya que el campamento había quedado mal emplazado.
Cargamos nuevamente el vehículo y buscamos una nueva posición de ataque. Luego de numerosos intentos, nos internamos en otro cañadón entre coladas de lava y acampamos a los 4.900 metros, pero ya más cerca de la cumbre.
A la mañana siguiente sufrimos la baja presión. No obstante, reconocimos la ruta y dejamos un depósito de víveres a 5.100 metros, al lado de unos penitentes.
El 12 de enero partimos hacia nuestro primer intento. Llegados al depósito, el grupo de apoyo regresó, pues estaba disconforme con la táctica de ascención. Con Ruth seguimos con las pesadas mochilas ascendiendo trabajosamente la quebradita flanqueada por penitentes de dos metros, que se desmoronaban de tanto en tanto. A 5400 metros, en una incómoda plataforma, armamos la carpa.
Salimos temprano, con la claridad del nuevo día. La quebrada se angostó en una parte y decidimos subir por el acarreo de grandes rocas. Era muy cansador. A los 5700 metros decidí volver, pues estaba seguro de que se debería hacer otro campamento de ataque.
Ruth siguió hasta el borde del cráter, a 6000 metros, pero la cumbre aún estaba lejos.
Nos reencontramos en el campamento y descendimos para recuperar fuerzas e intentarlo nuevamente.
Por desgracia, nuestra fiel camioneta había recibido un golpe y perdía aceite. Como no teníamos repuestos, nos vimos obligados a cargar todo y enfilar de vuelta hacia las Grutas. Pero tampoco aquí conseguimos lo que necesitábamos, por lo que decidimos volver con una sensación de pesar.
Habíamos abierto huella, tanto en vehículo como a pie, por lugares inexplorados. El destino nos había jugado una mala pasada, pero esto suele ocurrir cuando se recorren zonas tan salvajes. Contentos, nos fuimos a bañar a las cálidas termas de Fiambalá, donde nos entregamos a los placeres de la carne... asada.
Agradecimientos: Ford Argentina; Gendarmería Nacional; Gobierno de Entre Ríos; Municipalidades de Tigre, Tinogasta y Fiambalá, y señores Seco y Macedo.
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Para comunicarse con Marcelo, MAIL a:
expofotografica@yahoo.com.ar
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