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La población mas septentrional de Argentina |
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Con los ojos llenos de lágrimas nos cuenta lo contento que está,
porque ésta es una de las pocas oportunidades en que puede reunir
a todos sus hijos, que, desde lejanos puntos del país regresan en
esta fecha al pueblo, a festejar, como lo hicieron sus ancestros.
Este hombre estaba "machadísimo" por la chicha, pero seguía
bailando.
Era sábado anocheciendo,
estábamos en el confín de la Argentina y el lunes terminaban
nuestras vacaciones.
Calculamos que demoraríamos
dos horas hasta La Quiaca y otras dos horas mas hasta Abra Pampa, donde,
sin avisar y sin pagar, habíamos dejado la ropa en la pensión.
Si queríamos
llegar a las once de la noche, para poder cenar algo, tendríamos
que salir a las siete y ya eran las siete.
La
fiesta seguía y conocimos a un simpático personaje, alegre,
muy alegre...
.
.
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Nos
enteramos que los festejos fueron financiados por la municipalidad y la
familia Pereira (Roque Pereira y Cecilia Velasquez), nativos de Santa Catalina,
que en La Quiaca habían logrado una acomodada posición.
A la señora
de Pereira se dirigió Oscar Pablo a pedirle unos banderines de recuerdo
que había visto que estaban repartiendo. No tenía
mas. Pero si pasábamos en un rato por la casa
de los alfereces (no sabíamos si era un apellido o un título
que quedó de épocas de la colonia en donde los alfereces
eran una especie de jefes municipales) nos podría conseguir alguno.
19:15 Nos despedimos de todos, de Jorge (el taquero), de sus cómpañeros, de los organizadores y fuimos a por los coches. En el camino nos distrajimos a visitar la iglesia y la placita. Pusimos en marcha los autos, averiguamos por la casa de los alfereces y, cuando llegamos, los vemos a todos allí. Los canas, los anfitriones, los musiqueros, todos. Nos invitan a quedarnos. Insisten. Entramos, nos reciben con porciones de lomo de llama asado. Exquisito. Las mujeres collas, de cuclillas y a obscuras atendían las parrillas en las que se asaba la carne. Vaca, llama, cordero. Todo cortado directamente de la parrilla y a las manos. Ni cubiertos ni platos. Sólo algún vaso para beber el vino que insistentemente nos servían.
No querían que nos vayamos, pero a las nueve de la noche y con cuatro horas de viaje por delante, por camino de ripio y por montaña, decidimos que era hora de emprender el regreso. Si, el regreso, es que desde allí, desde esa punta del mapa, comenzaba nuestro regreso a casa.
21:15 No sé
si era bajada o estábamos muy machados por la chicha y el vino,
pero las dos horas hasta La Quiaca se hicieron en una, y las otras dos
has-ta Abra Pampa en 60 minutos. Cuestión que poco después
de las once ya estábamos en la pensión.
Los desvíos
del camino y el serrucho los pasamos a cien y el vino hizo que ni nos diéramos
cuenta.
23:15 Llegamos a Abra
Pampa
Me acosté
con chuchos de frío incontenibles. Como tratamiento preventivo,
los muchachos me recomendaron unos tragos de una botella, que me parece
que jarabe no era, porque se llamaba “Grants”. Me hizo muy bien, me desperté
hecho una uvita.
De bañarse,
ni hablar. No salía agua caliente ni que pidiéramos por favor,
así que a la mañana siguiente emprendimos la segunda etapa
del regreso llevando como recuerdo la tierra de Santa Catalina en nuestros
cuerpos y pelo. (Perdón, en honor a la verdad creo que Oscar Pablo
se bañó a la mañana y con agua helada).
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