SANTA CATALINA
La población mas septentrional de Argentina

Fotos Página 4
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Éramos los únicos "gringos" en aquel ruidoso patio 
De pronto entran como treinta collas uniformados con camperas de cuero negro y con instrumentos musicales en sus manos. Era la orquesta municipal de La Quiaca que había sido contratada para la ocasión. Se forman en uno de los costados del patio y atacan con valses, tangos, música melódica y marchas. 
 
  En otras habitaciones, mas gente comiendo. Mas allá, en otro patio, las collas lavan grandes ollas de barro donde habían preparado tanta comida. 
 Algunos restos de carbón humeante muestran los lugares improvisados que habían sido usados para cocinar. 
Hablamos con un anciano, retirado de la policía de Santa Catalina hacía ya veinte años. Con los ojos llenos de lágrimas nos cuenta lo contento que está, porque ésta es una de las pocas oportunidades en que puede reunir a todos sus hijos, que, desde lejanos puntos del país regresan en esta fecha al pueblo, a festejar, como lo hicieron sus ancestros. 
 La fiesta sigue, y los ofrecimientos de comida y bebida también.
 Luego de mirar, disfrutar, mezclarnos con la gente, hablar con todos; maestros, políticos de pueblo, jóvenes y ancianos, nos acercamos a una mesa. Hay unas sillas vacías, nos tiramos y la compartimos con otro tipo, medio bicho raro por la vestimenta, (remera súper cheta con anchas franjas horizontales blancas y violeta sobre fondo gris, mocasines lustrosos), pero de aspecto similar a todos los que allí estaban, morocho, cara aindiada, pinta de gremialista capo, resutó ser el comisario Jorge Monzón, jefe de la Delegación de la Policía Federal en La Quiaca que, terminada la fiesta de las autoridades, se sacó “la pilcha” y se vistió de civil. 
 Con el compartimos unos vinos servidos de botellas reetiquetadas con la cara del gobernador y el senador justicialista de Jujuy.
 El comisario era de “Soldati”, Capital Federal.  Resultó macanudo, nos incluyó en una invitación que le hicieron a el, a comer un chivito, como si fuera lo mas natural del mundo.
De pronto se acerca una dama y lo invita a bailar a Héctor 
Este hombre estaba "machadísimo" por la chicha, pero seguía bailando.
 

Era sábado anocheciendo, estábamos en el confín de la Argentina y el lunes terminaban nuestras vacaciones.
Calculamos que demoraríamos dos horas hasta La Quiaca y otras dos horas mas hasta Abra Pampa, donde, sin avisar y sin pagar, habíamos dejado la ropa en la pensión.
Si queríamos llegar a las once de la noche, para poder cenar algo, tendríamos que salir a las siete y ya eran las siete.

La fiesta seguía y conocimos a un simpático personaje, alegre, muy alegre...

Nos enteramos que los festejos fueron financiados por la municipalidad y la familia Pereira (Roque Pereira y Cecilia Velasquez), nativos de Santa Catalina, que en La Quiaca habían logrado una acomodada posición. 
 A la señora de Pereira se dirigió Oscar Pablo a pedirle unos banderines de recuerdo que había visto que estaban repartiendo.   No tenía mas.    Pero si pasábamos en un rato por la casa de los alfereces (no sabíamos si era un apellido o un título que quedó de épocas de la colonia en donde los alfereces eran una especie de jefes municipales) nos podría conseguir alguno. 

19:15 Nos despedimos de todos, de Jorge (el taquero), de  sus cómpañeros, de los organizadores y fuimos a por los coches. En el camino nos distrajimos a visitar la iglesia y la placita. Pusimos en marcha los autos, averiguamos por la casa de los alfereces y, cuando llegamos, los vemos a todos allí. Los canas, los anfitriones, los musiqueros, todos. Nos invitan a quedarnos. Insisten. Entramos, nos reciben con porciones de lomo de llama asado. Exquisito. Las mujeres collas, de cuclillas y a obscuras atendían las parrillas en las que se asaba la carne. Vaca, llama, cordero. Todo cortado directamente de la parrilla y a las manos. Ni cubiertos ni platos. Sólo algún vaso para beber el vino que insistentemente nos servían.

 No querían que nos vayamos, pero a las nueve de la noche y con cuatro horas de viaje por delante, por camino de ripio y por montaña, decidimos que era hora de emprender el regreso. Si, el regreso, es que desde allí, desde esa punta del mapa, comenzaba nuestro regreso a casa.

21:15 No sé si era bajada o estábamos muy machados por la chicha y el vino, pero las dos horas hasta La Quiaca se hicieron en una, y las otras dos has-ta Abra Pampa en 60 minutos. Cuestión que poco después de las once ya estábamos en la pensión.
Los desvíos del camino y el serrucho los pasamos a cien y el vino hizo que ni nos diéramos cuenta.
23:15 Llegamos a Abra Pampa
 Me acosté con chuchos de frío incontenibles. Como tratamiento preventivo, los muchachos me recomendaron unos tragos de una botella, que me parece que jarabe no era, porque se llamaba “Grants”. Me hizo muy bien, me desperté hecho una uvita.
 De bañarse, ni hablar. No salía agua caliente ni que pidiéramos por favor, así que a la mañana siguiente emprendimos la segunda etapa del regreso llevando como recuerdo la tierra de Santa Catalina en nuestros cuerpos y pelo. (Perdón, en honor a la verdad creo que Oscar Pablo se bañó a la mañana y con agua helada).
 
 

La Narración completa, con muchos mas detalles de esta aventura (Santa Catalina) la podés (puedes) leer en el RELATO 
 
 
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