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Nos acercamos lo mas que pudimos a sus orillas pero no pudimos tocar el agua.
El suelo cedía, los borceguíes se hundían
y parecía una ventosa.
Estábamos apurados, abajo, el guarda parque nos había advertido que si nos tomaba la noche en la altura, el frío nos podía llevar a la muerte. Nosotros no estábamos muy seguros de que fuera así, pero por las dudas no haríamos la prueba.
La sal de sus orillas y las barrancas de sus costas.
Los flamencos rosados no estaban, era fuera de su temporada.
Del accidente aéreo solo pudimos ver los restos en una zona inaccesible, en un islote en el medio de la laguna.
A pesar de ello la dicha del momento fue enorme. Y gracias a que nos quedaron cosas pendientes tuvimos el pretexto para volver en otra oportunidad.
Eran casi las cuatro de la tarde y allí, en invierno, anochece temprano, así que muy a nuestro pesar emprendimos el regreso.
Tuvimos la precaución de no pisar mas ningún manchón de nieve.
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